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Ya estoy lista para escribir esto

Yo creía que amaba mi trabajo, me sentía importante, exitosa, admirada, trabajar para una gran organización humanitaria y salir a la calle era como si del brazo me llevara el príncipe del sueño infantil que nos vendieron.

¿Cómo supe que ya no correspondía con ese entorno laboral?

La existencia fue creativa para comunicarse conmigo, el trabajo inesperado dejó de ser inesperado para ser lo habitual, cada día más horas, cada mes más viajes, más tiempo lejos de mi familia. Yo lo entendí como un gran reto: “yo puedo, esto no me va a quedar grande, puedo dar esto y más, puedo hacerme cargo de mis dos hijas, no importa que esté a 2 mil kilómetros de distancia, y mantener el rendimiento laboral”.

Como malinterpreté el mensaje, la vida aumentó el volumen de la experiencia, y experimenté relaciones laborales que comenzaron a tornarse tormentosas, mis colegas dejaron de escucharme, mi opinión dejo de ser importante. Yo, que le había dado todo a esa organización, los mejores años de mi vida, ahora era invisible, era una víctima del sistema. Pero no me importó, no me iba a rendir, yo era Rossana Becerra, esto no me iba a quedar grande, yo iba a demostrar que era valiosa e indispensable y que ellos me necesitaban.

Una vez más, el mensaje fue pésimamente interpretado. Entonces la vida, en su infinita sabiduría, comenzó a hablarme a través de mi cuerpo, pero las manchas en mi rostro, la caída de mi cabello, ese terrible dolor de espalda y de cuello que dificultaba las maniobras que debía hacer para conducir cuatro horas diarias entre el trabajo y mi casa, no iban a detenerme, ¡No Señor!

Ya para este momento, sin importar el esfuerzo que hiciera, mi trabajo parecía no ser valorado, o eso sentía yo, mis esfuerzos para llegar cada día al trabajo no le importaban a nadie, eso creía yo.

Un buen día me informaron que iba a ser promovida, más trabajo, más persona a cargo, más responsabilidad, más lejos de mi familia, menos tiempo para mí.

¿Qué sucede cuando sueltas y confías?

Así que decidí tomarme un mes de vacaciones antes de asumir el nuevo cargo. Recuerdo que uno de los principales argumentos que tenía para no dejar mi trabajo era el ingreso económico que éste representaba para mi pequeña familia. Pero durante las vacaciones mi esposo, con su mirada comprensiva, me dio todo su respaldo para que renunciara.

En ese momento se me acabaron las excusas, y yo no era capaz de tomar la decisión de irme, me dolía. Ahora que lo pienso, creo que me dolía lo que representaba, la imagen de heroína que había construido, una imagen falsa de mí… y me lo creí.

Cuando regresé al trabajo, un mes después, me recibieron con una montaña de tareas pendientes, incluía que durante 2 semanas no iba a poder descansar, ni siquiera el fines de semana. Ahí me sentí derrotada, abatida… Creo que el pelito que mi cuero cabelludo había recuperado en un mes se me cayó en las 2 primeras horas dentro de esa oficina.

Esta ha sido la decisión más difícil que he tomado en los últimos 10 años, yo creía que amaba ese trabajo, amaba lo que significaba, lo que representaba, lamentablemente me había identificado con él y había perdido la noción de donde empezaba mi esencia y espíritu, y ahí la vida comenzó a arrebatarme todo para que recordara que yo no era nada de eso, para recordarme que yo no era un trabajo, y que tampoco era la opinión de los demás, que lo que ellos dijeran hablaba más de ellos que de mí. Tanto fondo toqué que al final lo único que pude hacer fue honrar mis emociones y sentimientos, ya no había más fondo abajo, tuve que reconocerme que quería ser querida, escuchada y aceptada, y para empezar iba a darme ese ejemplo, para empezar iba a escuchar y atender mis necesidades, ya era suficiente de esperar a que otros vinieran a resolver esas carencias, ya era suficiente de esperar a que otros me amaran, me escucharan y aceptaran, lo iba a hacer yo.

Esa mañana me despertó un terrible dolor de espalda, creo que toda la tensión acumulada y saber que me iba a enfrentar a mi gran miedo, a renunciar a lo que yo creía que era, me generaba ese dolor.

Así, en el pico de una montaña me acerqué a mi jefe para hablar con él, pero el discurso planeado fue insuficiente y cinco segundos después me derrumbé entre lágrimas. Quise tanto ese momento, me estaba dando la oportunidad de demostrarme que me amaba, que me escuchaba, que me elegía por encima de todo. Para mi sorpresa, la misma voz que juzgué algunas veces dura fue tan cálida en ese momento, mi jefe me abrazó y sólo me dijo, “te entiendo”, y no necesité nada más.

Las siguientes semanas fueron un huracán de emociones, hermosas, perfectas. Todas las miradas indiferentes, los colegas fríos y críticos de mis procesos se acercaron poco a poco, día tras días, en cálidos abrazos, hermosas palabras, Dios, el teatro se había caído, ya no había que actuar más, había descifrado el acertijo.

Mi último día en la organización, en frente de todas las cabezas de procesos en el nivel nacional, me hicieron un sentido reconocimiento, me despidieron con honores y una hermosa mención, en la que me reconocían el trabajo que había hecho durante todos esos años y lo importante que había sido. Recuerdo tener ese diploma en mis manos, y pensar que había sufrido tanto para que me reconocieran, para que me admiraran, para que me escucharan, y ese día me los estaban dejando por escrito, justo cuando decidí honrar mi existencia.

Así decidí despedir a mi jefe (a quien nunca dejé de apreciar y a quien respeto profundamente, lo considero un amigo) un grito de mi espíritu quería comunicarme que ya no correspondía más a esa experiencia, en ese lugar y con esos actores.

 

Las preguntas correctas para tomar una gran decisión

 

“No tiene sentido dejar ese trabajo para estar en paz cuando esa decisión te lleva igualmente al sufrimiento. Desde esa perspectiva estás eligiendo entre sufrir en el trabajo o sufrir dejándolo. Eliges entre sufrir o sufrir”

Sergi Torres, Saltar al vacío

¿Puedo dejarlo? ¿Puedo cambiarlo?

Si la respuesta es NO a cualquiera de las dos preguntas, sólo tienes una opción: ACEPTARLO.

No sería responsable de mi parte si no diera más detalles sobre cómo llegué a la conclusión de que era el momento perfecto para plantearme una renuncia.

Pues bien, tiempo atrás me pregunté si podía dejar mi trabajo, en ese momento acababa de iniciar un proyecto personal, algo que realmente inició como un hobby, y necesitaba dinero para financiarlo, no podía recargar mis pasatiempos en el bolsillo de mi esposo de un día para otro, a eso se sumaban las responsabilidades compartidas que teníamos sobre los gastos de la casa, las niñas, el perro y el gato. Entonces, dejar mi trabajo no era una opción para esa fecha.

Entonces le pregunté a la vida si podía cambiar en algo mi situación, la vida y mi jefe me dijeron sí y me lanzaron a un cargo de mayor responsabilidad y mejor remunerado. En este cargo todo fue más tenso y confuso para mí, me enfrentó a muchos de mis miedos, a mis inseguridades, a mi necesidad de aprobación, a mi incapacidad de atender mis necesidades en tanto estaba pendiente de las necesidades de los otros, quería su aprobación y aplauso. Sólo para resumir, las relaciones con mis jefes y colegas se tornaron más tensas, mis propuestas empezaron a ser rechazadas, mis decisiones desaprobadas, los canales de comunicación se rompieron, me sentía sola.

¿Qué haces cuando crees ya no puedes hacer nada? Los aceptas, así fue, no me quedó otra cosa que aceptarlo, dejar de luchar, entendí que no podía evitar el destino, que tenía que pasar por esas experiencias y relaciones, algo debía sanar, se me había dado la oportunidad de hacer cambios en el entorno, pero las experiencias se me habían repetido, la segunda vez con una furia desgarradora que me llevó hasta el fondo, donde sólo pude aceptar, sin juicios u opiniones, simple.

Cuando decidí aceptar (jamás resignarme) empecé a ser observadora del entorno, de las relaciones, de mis emociones, observaba como la rabia se expandía desde la boca de mi estómago por todo mi cuerpo, era una fuerza increíble, empecé a identificar ese momento crucial en el que debía decidir si reaccionar con furia o simplemente observar, poco a poco dejé de reaccionar, empecé a apreciar mi paz. Sin embargo, esto no hizo que las largas jornadas de trabajo disminuyeran o que el volumen de trabajo mermara, aunque las relaciones empezaron a ser más amenas aún quedaba algo que no encajaba.

Y otra vez le pregunte a la vida, ¿ya me puedo ir? Y la vida respondió SÍ. Aún no puedo explicar con certeza como logré que mi proyecto avanzara, si tengo en cuenta que durante un año lo hice sola al tiempo que intentaba cuidar de mi familia, trabajaba y terminaba una maestría, pero pasó, el proyecto estaba a pocos pasos de ser lanzado formalmente y tuve el respaldo de mi familia, en especial de mi esposo.

Las certezas de la experiencia

Lo que resistes, persiste. La vida es un campo de aprendizaje, hay lecciones, y las que no aprendes se te repiten, no puedes huir de ellas, no puedes huir del destino. El destino no es bueno ni malo, sólo es un diseño pedagógico que nos enfrenta a distintas situaciones para evolucionar.

Todo lo que no aceptas es lo que viniste a aprender y el entorno en el que te desenvuelves es el reflejo de ello, aprovéchalo, pues cada relación, cada situación conflictiva es una oportunidad para liberarte, permítete sentir esas emociones, si es necesario toca el fondo, obsérvalas, agradécelas y déjate guiar, haz las preguntas adecuadas, inicia tu entrenamiento espiritual y fluye con la voluntad del universo, es hermoso.

Tomar la decisión de abandonar mi trabajo me tomó poco más de un año, hoy pienso que ocurrió en el momento perfecto en el escenario perfecto, hacerlo antes me hubiera significado cambiar un sufrimiento por otro.

En el próximo post les hablaré sobre cómo las Flores de Bach y Ho’oponopono me ayudaron a tomar algunas decisiones y a mantener la calma en tiempos de crisis, les presentaré mi fórmula mágica.

Rossana